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martes, 26 de mayo de 2020

HABANA DEL SIGLO XVII: ASESINATOS, VIDA Y TIERRA. PARTE V.



 Vanjercen el procurador. 

 El nacido en algún lugar de lo que es desde 1954 Reino de los Países Bajos, ha comenzado pesquisas antes de ser nombrado Procurador. Ambiente poco menos que desolador que genera angustia y malestar. Propensión a armarse hasta los dientes y dormir con un ojo abierto y si el físico lo permite los dos. Las mujeres muertas siempre incitan a dos variantes, dicen los vecinos: compasión, o emular al asesino. Las sospechas se dispersan como el fuego en Campeche y las fiebres en la parte rica de la villa. 

 En la tierra atenazada por grandes peligros del mar, corsarios, piratas, enemigos del Rey, hasta a los negros horros se les permite estar armados. Uno de los personajes de «La sangre en la piel» es un horro, Cadena se llama, cuya misión es velar la cadena de tozas. Es hábil en dos cosas: el uso de la espada ropera y en su enemistad con Morfeo. Nunca duerme. La cadena de tozas protege la entrada a la bahía y el manumiso por orden de Cabrera se la ata al tobillo. 

Es amigo de Vanjercen. Las funciones de Vanjercen el procurador son las de su cargo. El Procurador era un puesto de acrecimiento en el municipio. Como nadie, representó los intereses de la institución. Dos grandes procuradores pasaron a la historia, Pánfilo de Narváez y Manuel de Rojas. 

Elegido de forma directa por el paisanaje tenía entre sus funciones la de informar al Rey sin contar con el Gobernador. Una idea de su arraigo y su aporte al legado legal isleño y al caudal como fuente de derecho son las peticiones que hicieron. En un primer momento de su nacimiento expusieron: a-) que el Gobernador se eligiera de los villareños, b-) supresión de los regidores nombrados a perpetuidad, c-) libertad de comercio, d-) designación, la de procurador, por los vecinos y no intervención del cabildo. 

Luego de un intercambio de fuerzas y la poca cooperación del Cabildo, Cabrera obtiene, además, el nombramiento de Alguacil Mayor para Vanjercen. El Gobernador consigue en sus manos el poder para llevar a vías de solución el sondeo de los crímenes. 

Vanjercen el rico propietario de hatos con una cría vacuna en ascenso tiene una hija. No se llevan nada bien. Cristín, la hija de Vanjercen, culpa al padre de la muerte de su madre, una mestiza hija a su vez de un potentado. 

El abuelo materno de Cristín es uno de los hombres de confianza de Pedro Menéndez de Avilés. Ella, en su Casa de Hierro, relativamente cerca de los hatos del padre a la margen izquierda del Almendares, cuida a sus hijos adoptivos. No come carne, considera que matar para comer es un crimen, y sus ojos son aquellos desvelados en un post anterior que escudriñan. ¿Qué espera la hija de Vanjercen del patache que se acerca?       




lunes, 25 de mayo de 2020

HABANA DEL SIGLO XVII: ASESINATOS, VIDA Y TIERRA. PARTE IV




El orden de la vida.

La vida de los ciudadanos de San Cristóbal estuvo ordenada tras la valía de la costumbre por un Oidor. Se llamaba Cáceres y ocupaba tal cargo —Oidor— en la Audiencia de Santo Domingo, La Española. 

 Un jurista experto en temas de gobierno y en las postrimerías de 1573 desembarcó en Cuba con una bien elaborada propuesta en sus pliegos. 

Este ordenamiento jurídico se conoce en estilo más escueto como «Ordenanzas de Cáceres». Debido a que «La sangre en la piel» expande su parte histórica en el XVII, la normativa de Alonzo de Cáceres es su breviario verosímil. 

Para los implicados la fuente legislativa de los con o sin poder real, el pobre, rico, violento y el débil. 

En palabras quizá más técnicas pero reconocibles: reguló la existencia, desarrollo, alcance y efectividad de los municipios. Y el municipio por sí, con carta de ciudadanía en nuestra historia.

Si en 1628 se han desencadenado una serie de crímenes en la villa, razonable estar al corriente de la preceptiva, vigente hasta 1854. 

 La vida ordenada. 

El Cabildo de La Habana hacia 1574 envió a España las ordenanzas para su sanción, pero de inmediato las hicieron funcionar. 

Los otros Cabildos de la isla lo imitaron. No obstante hasta 1640 las ordenanzas no se aprobaron por Felipe IV, cuando aún vivía el pintor Velázquez, éste trascendental en la trama.

La fecha de la sanción real de las «Ordenanzas de Cáceres» coincide con una mala época para el genio pintor. Su escasa producción pictórica y de sus motivos poco o nada se sabe con certeza. 

La inclusión de tales datos que parecieran extraños al leitmotiv de este post, obedecen a dos cuestiones. 

Una que las «Ordenanzas…» llegaron a manos de Felipe IV en un momento que inicia, a su vez, el declive del Conde-Duque de Olivares. Dos, existe una línea argumental en «La sangre…», asienta en La Habana como la caída meteórica, un cuadro de Velázquez y un sobrino del valido. 

Ceñida interrelación Cáceres, su cuerpo legislativo influenciado por las Siete Partidas, el genio Velázquez, y los crímenes en San Cristóbal de La Habana.

Todo como una paletada del pintor sevillano o de un golpe de las fuerzas oscuras del poder, desatadas en el lienzo de la vida. Y en esto siempre existe un «cuchillo de paleta» que adquiere nombres distintos o se enmascara en otros, cortantes o sencillamente destructivos. 
 
Para investigar los crímenes en la villa el Gobernador Cabrera nombró a Vanjercen, un propietario de hatos y nacido en Zelanda. 

Había huido de la República de los Siete Países Bajos Unidos por temor a represalias religiosas debido a su fe católica. Cabrera, atendiendo a su respeto entre los lugareños y su capacidad para estos asuntos relacionados con la muerte violenta presionó al Cabildo. 

El Cabildo —diminutivo de caput, capitis, cabeza— no lo nombró para funciones policiales. No obstante estos antagonismos, Vanjercen es nombrado por los vecinos Procurador y Cabrera le otorga funciones amplias para encontrar al asesino, o los asesinos, pensamiento plural que atacó a la villa como las fiebres. 

Esto último lo desarrollo aún a riesgo de cometer «espoiler» para permitirme con más naturalidad la estructura y funciones del Cabildo. 

Entre el orden de la vida y la vida ordenada nace y muere el ser humano, sufre el lugareño, los animales y plantas, y la tierra. 

El Cabildo está ordenado con visible jerarquía. Sobre todos sus integrantes, el Alcalde Mayor. Dos alcaldes llamados el Primero y el Segundo y tres Regidores. El Alcalde tenía funciones de gobierno y administración de justicia. 

Continuando una fuerte costumbre árabe, el Alcalde era Juez y llamado Justicia de sus iguales. Era juez de primera instancia y las decisiones tomadas en su impartición podían ser apeladas ante el Gobernador, y agotado el trámite ante la Audiencia. 

Los viernes a las 8 de la mañana —en La Habana de la ficción hora marcada por un reloj de tabernáculo— se celebra sesión ordinaria. 

La cita de obligada presencia en la corporación se presidía por el Gobernador, o cualquiera de los alcaldes y presentes tres Regidores.

En San Cristóbal de La Habana existían 6 regidores. Y días después de que Vanjercen sea nombrado Procurador, el Cabildo lo titula Alguacil Mayor con funciones investigativas. 

A las sesiones del Cabildo había que entrar desarmado. Una tierra con muchas armas y hombres que no eran muy dados a la meditación.

En 1520 en el cabildo de Sancti Spíritus —de las primeras villas fundadas en Cuba—, fue bañado en sangre. En una fortísima reyerta sesionando la corporación, Vasco Porcayo de Figueroa atravesó de una estocada al Alcalde. 

Al momento en que inicia la parte histórica de «La sangre…» el orden jurídico de la ciudad está hecho. Y Vanjercen ha comenzado sus investigaciones. Y del mar observan La Habana con unos ojos que han partido de Texel, y que la conocen porque en ella padecieron.              

jueves, 21 de mayo de 2020

Habana del siglo XVII: asesinatos, vida y tierra. Parte III.



  • Es preciso que la historia deje de aparecer como una necrópolis dormida por la que sólo pasan sombras despojadas de substancias. 

Lucien Febre. 

 


Lo perdido hoy que existía en el siglo XVII.

 Un elemento geográfico ya desaparecido en la bahía de La Habana será parte de la trama de «La sangre en la piel».

 Se trata de Cayo Puto o Isla de las Mujeres. Era un cayo, esto es, una formación geográfica típica del Caribe, isla pequeña arenosa y llana. 

Lo más importante a los fines de la novela es que allí vivieron personas y perros. Prueba al menos respecto a seres humanos, que en la Parroquial Mayor se han encontrado restos de personas que allí hicieron su vida. 

Y no se concibe un sitio con muertos que no tengan un pasado, un engarce familiar o de vecinos que habitan un espacio común. 

 Estaba situado frente a la ensenada de Guanabacoa y en un tiempo relativamente reciente aún se le vio respirar y mirar el sol. 

Luego murió como lo hacen algunos de nuestros sueños y esperanzas. Mucho antes se le conoció con el título nominal de Cayo Cruz. Lo toma del vecino Juan de la Cruz dueño de tierras al Este de la villa y del embarcadero homónimo. 

A los efectos de la novela los nombres son los mentados ut supra más amigables con la dramaturgia de «La sangre…» y el tiempo en que desarrolla su trama histórica. 

 Caleta de Juan Guillén. 

 Con la construcción del Malecón esta pequeña cala de importancia en «La sangre…» desapareció. 

Aún hoy no obstante la muerte de la geografía histórica, se le puede apreciar con un esfuerzo imaginativo y visual. Donde hubo entradas se perciben los salientes.

 Está al Norte de La Habana. Un referente para su ubicación es el fortín llamado de San Lázaro aún imbatible mirando nuestra finita naturaleza. Y eso es lo que hacía mirar hacia el mar para detectar intrusos. 

 El área de la caleta y otros terrenos eran propiedad del alguacil menor de la villa el señor Juan Guillén.

 Por este lugar entra a la villa el Ángel Exterminador, Jacques de Sores en 1555 y en 1628 aparece la primera mujer asesinada. 

 Existe una ceñida correlación entre caleta, Sores y la mujer encontrada por los negros curros y eso lo encontrará usted en «La sangre…»      

martes, 19 de mayo de 2020

Habana del siglo XVII: asesinatos, vida y tierra. Parte II.

 


La Casa de Hierro. 

 En la desembocadura del río Almendares se levanta esta edificación en los terrenos donados por el obispo fray Alonzo Enríquez de Armendáriz. 

El río toma el nombre del obispo sevillano mercedario que tenía allí su sanatorio, casona de tapia y tejas hecha por indios y negros. 

Se curó de sus dolores y el último suspiro de su vida lo dedicó a este sitio y al secreto que lo envuelve. 

Si uno observa la desembocadura del río en la actualidad, la reducción de su ancho conduce a errores al intentar situarnos en el XVII. Se debe que para la construcción de los dos túneles se rellenó parte del humilde estuario, e igual con un segmento costero para el malecón. 

Redujo la perspectiva geográfica y la satisfacción visual. Viví allí años, infancia-juventud, sólo la pobreza me expulsó, no me escondo, ¡¿qué gano con ello?!, para decir que amo ese pedazo de tierra. 

Se mueve ese amor desde la punta derecha de la salida del río, se extiende al Este hasta calle Paseo y sube hasta la 23. Toca el Puente del Almendares y baja por la ribera a la salida del mar. 

Es una carrera de aceleración y resistencia, pero si lo camino despacio, puedo revivir lo único que fueron esos instantes. Palmo a palmo, suspiro tras exhalación. 

En las noches cuando escuchas el sonido del mar lamiendo el muro y los arrecifes, la vida se vuelve única, irrepetible, mortalmente finita. Esto, sin dudas, sintieron mis personajes reales y ficticios de «La sangre en la piel». 

A esta altura, tantos unos como otros se vuelven novelescos y vivos, que me han sorprendido con alguna que otra petición. Pero lo que me interesa es el XVII ubicado ya el lector con algunas pistas geográficas y de intereses comerciales. 

La Casa de Hierro nace en esa punta de la tierra que mira al mar justo en el sitio en que Armendáriz poseía su casa santuario. Historiadores hay que ubican esta casa más arriba, digamos hacia Puentes Grandes, esto es tan improbable, como que al río se llamó «Casiguaguas», nombre indígena. 

No pasa de ser una de tantas conjeturas sin fundamento, advierte Manuel Pérez Beato en su «Habana antigua», hombre de extensa labor académica e investigativa. 

Nacido en Cádiz en 1857 se asentó en La Habana desde pequeño y entre su profesión médica cultivó la historia. ¿Te suena Cádiz? A mí también. A los ciudadanos de San Cristóbal de La Habana siempre. Por otra parte el gaditano era hombre estudioso y dedicado a la investigación, promotor acucioso que merece todo respeto. 

Una fuente en la que beber en la sequedad en que se ha convertido el universo historiográfico cubano plagado de los resortes del materialismo histórico. Para mí técnicas y estrategias que más que contar y decir la historia la coartan y limitan. En este último caso al minuto de ponerse interesante lo que cuenta el historiador se mata el interés con una fórmula. 

En ese momento —dice la fórmula—, las fuerzas productivas entran en contradicción con las relaciones sociales de producción y cambia el modo de producción. 

Por eso los historiadores que se advienen a la receta son malos novelistas cuando lo han intentado. La ubicación de mi Casa de Hierro en este punto obedece a razones de respeto sin dudas. 

Los primeros vecinos de La Habana se asentaron aquí llegando del Sur y retaron así a corsarios y piratas que acopiaban agua en la desembocadura. 

Igual lo hizo el obispo mercedario pura disputa moral y valiente con los merodeadores que carneaban a la mínima ocasión. De la misma manera los que habitan La Casa de Hierro. Consiste en el trazado del obispo con añadidos: paredes más fuertes, una atalaya donde está ubicado ahora el Torreón de la Chorrera y un puente.

Administrado por La Casa de Hierro conecta la orilla derecha con la izquierda. De madera, un sistema de engranaje de fácil operación con una manivela lo hace girar sobre su eje central. Las resultas del pontazgo se destinan a solventar gastos de mantenimiento de los infantes. 

Apunté en un post anterior que la dueña y señora de la casa es una joven que cuida niños sin padres y abandonados. 

 Los caminos. 

Estos caminos advierto ab initio se cerraban por orden del gobernador caso de peligro, una constante en la villa. La zona de La Casa de Hierro a partir del traslado hacia su actual ubicación se le llamó Pueblo Viejo.

Los dos caminos iban en esa dirección. Para ubicar el recorrido hay que echar mano a las construcciones actuales, no queda otra. De otra manera sería perdernos en la nada. 

El primero parte de la villa hasta Campo de Marte -Parque de la Fraternidad en la actualidad- orillando la Zanja Real, más menos calle Zanja, y toma calle Reina, conecta con Carlos Tercero hacia la falda del Castillo del Príncipe por su lado Este. Sigue por el borde del cementerio de Colón y llega al río. 

Si hoy te paras un instante en calle 22 cerca del llamado Puente de Hierro en calle 11 del Vedado, ¡sorpresa! En dirección al cementerio todo es rocoso y elevado y la 22 te lleva hasta la necrópolis. Más a tu derecha está el Almendares. 

Llamaron «de la playa» al otro aunque este nombre no diga nada en cuanto a creatividad y el nuevo calificativo se fue haciendo familiar. 

Su recorrido incluso ahora es más sencillo de distinguir. Quizá la senda más conocida por habaneros de la costa. Bordea la costa por calle de San Lázaro –orientación Este Oeste-. Nace San Lázaro en el hoy municipio Habana Vieja, pasa por el de Centro Habana y termina en el municipio Plaza de la Revolución. 

Esto puede dar una idea del recorrido del camino. Siguiendo a lo antiguo, el camino toma la caleta de Juan Guillén donde en 1665 se construye el torreón que aún existe. Se extiende hacia Punta Brava un saliente que aún se nota, y llega al río Almendares. 

Debido a que el camino estaba horadado entre un espeso bosque que incluso raspaba el arrecife se le llamó Arcabuco.

La palabra arcabuco es de origen taíno y los primeros españoles en desembarcar la conocieron y le otorgaron una grafía al uso. 

Significa monte muy espeso y cerrado. Tanto el primer camino como el otro, están presentes en «La sangre en la piel», o dicho de otra manera, la novela camina por ellos.              

jueves, 14 de mayo de 2020

Habana del siglo XVII:asesinatos,vida y tierra. Parte 1.

En el XVII, Havana en textos de entonces, pequeña porción de tierra, caía hacia la ribera izquierda de la rada, fingida levedad. 




El siglo XVII es una ancha zona silenciosa y oscura cruzada por corrientes subterráneas, donde el mundo que nace se arropa en la penumbra. En él se funden los elementos que van a formar al hombre americano. Nace un nuevo tipo humano, y esto constituye lo extraordinario que América ofrece al estudioso.

Germán Arciniegas. 





El XVII arranca en «La sangre en la piel» con el descubrimiento en la playa de una mujer. Se dan de narices con el cadáver, dos negros curros que traen agua en una pipa montada en el bote de su propiedad. Más bien los dueños eran los dominicos que se lo arriendan. Es una mujerzuela del 《Astar》la casa de beatas construida en la loma de las cabañas, al lado opuesto a la ciudad pasando la bahía. 

Lo de cabañas debido a que el propietario del terreno poseía unas casas tipo rústico hechas de troncos con techumbre de guano. Las alquilaba al cabildo para alojo de negros que trabajan en las obras circundantes y otros menesteres. 

Advierto desde ahora. Las mujeres del «Astar» sirven a la novela más allá de su dramaturgia, para delatar la trata de blancas, el comercio de carne para el sexo y las urdimbres que se entretejieron allí. 

El tema no se agota, el espacio que me he propuesto no es el más favorable, ya quisiera —cantidad de páginas—, y no es sencillo. No todo el mundo es Luther Blissett, el seudónimo que engendró «Q». Es un mamotreto que a mí me encantó, más, me encanta aún.


Aparición de Cabrera.


La villa, ciudad desde 20 de diciembre de 1592 así lo dispuso el rey Felipe II, vive en su extraña manera de ser. En la loma cerca de las cabañas, algo alejado del «Astar» el capitán general juega su preferido: la timba, juego de monte. 

Relativamente cerca de la timba un terreno propiedad del que arrienda el espacio para la timbiramba, una cabaña variopinta donde vive y trabaja su dueño, el pintor de las Motas. Existen registros históricos que los «asuntos de Estado» el señor Cabrera los tramitaba escribiendo providencias y órdenes en los naipes. 

Es hombre avejentado que conserva una solidez a prueba de tormenta, tercio a la medida de los avatares de los tiempos pero un hombre mutilado. Desembarcó en la ciudad el 16 de septiembre de 1626—septiembre mes que no olvidaría hasta el último día—, con el marqués de Cadreita. 

Al momento en que nace ante mí en la novela, es septiembre de 1628. El señor marqués, Lope Díaz de Armendáriz. Capitán general de la Armada Real de la Guardia de la Carrera de Indias desde 1606 y el rey Felipe III le había otorgado el marquesado. 

Cuando aparece en la novela Cabrera, Lope Díaz se había cubierto de gloria. Cabrera, digamos tenía un perfil más bajo, pero no menos brillante. 

Un hombre de la tierra, un tercio. Dejaba atrás el puesto de corregidor de Cádiz y gobernador del castillo de Santa Catalina de Cádiz. En un momento de altas tensiones bélicas había perdido el brazo izquierdo y su rostro estaba desfigurado. 

No era un tonto. Me he referido en otro post a su condición caballeresca y su personalidad hosca. Esto último encaja muy en los hombres hechos al fuego, en una época donde las relaciones sociales padecían «del hoy estamos aquí, mañana Dios dirá». 

Hábil, ducho en la administración de los asuntos públicos, y obvio, en los de la guerra. Aceptar que era un bruto fogoso casi un zafio sicópata como lo pintan algunos historiadores parece propaganda. Editorialistas de una izquierda-derecha ramplona y apta para esconder bajo la alfombra los defectos de carácter de algunas celebridades que aún dan de comer. Y mesas bien surtidas y hedonistas. 

No era un santo. Tampoco, al parecer, Ignacio de Loyola pero éste era un elegido y en eso nadie puede meterse a riesgo de pecar tontamente, diría un jesuita. Don Lorenzo de Cabrera y Corbera era un hombre, un ser humano de pies a cabeza y por eso me fascina, lo admito. Los tipos de cartón me producen decepciones y sueño. Y más que nada, el señor Cabrera debía garantizar la seguridad de La Habana, por política y porque en La Fuerza se descargaba sometida a celoso resguardo las riquezas para ser llevadas a España.

Admiro a este hombre con la misma intensidad que detesto la violencia y la guerra. Estos hombres me enseñan lo inútil de las guerras y lo persistentes que son. 

O sea la Flota de la Plata era un camino de riquezas con un inicio doloroso y una flotación con destino muy accidentado. El inventor de tal nombre que se hizo título más que nobiliario y que se utiliza en «La sangre…» fue el gobernador Texeda. 

Puede que este señor, digo Texeda, lo haya comenzado todo sin percatarse de lo que traía al universo de la historia con unas fragatas, las Fragatas de Texeda, que él nombró «Plate Fleet». 

El Maestre de Campo, en términos actualizados oficial superior que mandaba un tercio, esto es, regimiento de infantería siglos XVI y XVII, esconde algo interno. Muy de su propia sicología. 

Y este rasgo oculto comentado con su mujer, doña Mariana de Soto, en la más cerrada intimidad, no es otra cosa que el desaliento. De la mente, el corazón y todos los alveolos de su cuerpo masacrado por el rigor de la guerra. 

El espectro de Julián Romero el niño pobre y sin nobleza que alcanzó la gloria y el reconocimiento militar, le acentuaba el dolor sin alivio. Y en este detalle de su fuero interno, se parece a un personaje de ficción que se acerca a La Habana en los momentos en que comienza en «La sangre…» la parte histórica.

El gobernador Cabrera, he dicho, está en la loma y le llega la noticia del hallazgo. Para más tensión se espera la arribada de un inquisidor enviado directamente por el Papa Urbano VIII, la Abeja Ática. 

Cuando el patache entre en la bahía tiempo después, se suceden par de sorpresas.

Una revuelve el estómago de los cripto-judíos y mahometanos tapiñados por fuerza mayor, y la otra, al propio Cabrera. 


El «Astar». 


Es una edificación barroca. Tan sólida como la envidia de algunos cuyas casas no son tan sólidas y otras cuyas moralidades son sólidas como las casas de guano de los primeros. 

Dos plantas, habitaciones frescas para sudar en verano, catres y camas con doseles a disposición de la bolsa de peso. Las beatas son putas o lavanderas, reservadas a los catres, las más jóvenes con tatuajes en los omóplatos o las pantorrillas a las camas con doseles. Se ocupan las de doseles a discreción de la dueña. 

La empresaria indiscutible es una rusa de nombre Pirka, personaje de importancia en «La sangre…» cuyo lema es: «El fin del amor comienza en el mismo segundo de su nacimiento». 

En tiempos en que los galeones atestados de riqueza en muchos casos sobrepasando lo lícito fondeaban en La Habana, la ciudad trocaba el ritmo. 

De un constante zafarrancho de combate, trabajo, contar monedas para llegar a hacer la indiada, al garito. Competencia para atraer mayor cantidad de soldadesca y marinos a los catres y camas con dosel, venta de ron, y las transacciones armador-proveedor.

Resguardos para el futuro e incierto tornaviaje se vendían en chozas de negros curros camino de Campeche y más cerca en Cayo Puto. En el «Astar» se le quitaba el velo a Astarté, diosa fenicia bajo cuya advocación se encuentra la casa cuando los galeones se avistaban. 

Para los comunes mortales, familiares de la inquisición y fanáticos de la labor policial y dogmática, la estatua era una mujer desnuda. Como en el Jardín del Edén, justificación de la desnudez de la esculpida por las Motas, en su cotizada escultórica, más que sus pinturas. 

Esto no era digerido por unos pocos, a punto del desembarco del inquisidor Valnes, la deidad de los placeres carnales entre otras representaciones, corre peligro. 

Cuando aparece muerta la mujer, otra sufre en cautiverio y había escuchado los gritos espantados de la asesinada muy cerca de ella. Son mujeres del «Astar». 

En su elevación se puede apreciar siguiendo el camino de la playa, si te pierdes en el monte, «La Casa de Hierro». En días de claridad y en los oscuros su atalaya siempre visible anclada cerca de la desembocadura del Almendares.

Es una mirada de una mujer a otra, ya conocemos a una, la rusa Pirka, tuerta con parche negro, delgada y coja. ¿Quién es la otra mujer, ahora rodeada de niños que espera que sea cierta la noticia de la llegada del patache? Mira por una de las ventanas que dan al mar en «La Casa de Hierro» en dirección Este.  

lunes, 11 de mayo de 2020

Habana en dos siglos, asesinatos y poder.

No agotaré personajes que intervienen en «La sangre en la piel» no obstante perfilo algunos de ficción y realidad, en concordancia personaje y medio.

 Habana siglo XVII.

 Sin dudas una sociedad estresada que se extendía en un boquete de tierra acariciado por la rada, refugio de La Flota de la Plata.
Casuchas de tablas y guano con excepciones más sólidas, una iglesia que en un momento careció de sagrario. Oscuridad que explicaba en penumbras la poca e incluso ninguna propensión a los cánones religiosos, socavados por el substrato de judíos y mahometanos afincados. 
Esta «oscuridad» se evidencia a la llegada del archiconocido obispo Armendáriz. 
En la iglesia de Santiago de Cuba no había aceite para encender la lámpara del Santísimo, de cobre, que pintaba más bien a objeto de hechicería. Si bien fray Alonzo, nombrado para la dignidad del obispado en 1611, no pertenece al presente del pasado histórico, se hace referencia a él. 
Un personaje de ficción de este presente histórico de la novela tiene el don de la videncia. Será presentada más adelante en este mismo post. 
Estas atipicidades, a pesar del reinado de Felipe II, hijo y nieto, no niega la devoción religiosa, reafirma el albedrío de los primeros siglos. Al menos esa propensión a escapar de la rigidez. 
A los fines de la novela, el ambiente de aislamiento respecto al centro de poder religioso prosperó en terreno virgen. Lo potenció la debilidad de algunos de los obispos, nombrados por afinados contactos con la instancia decisoria. 
Excepto el mentado fray Alonzo Enríquez de Armendáriz, sevillano y mercedario. Mantuvo disputa con el gobernador Gaspar Ruiz de Pereda, que sale «vivo» de La Habana y continúa su carrera al servicio de los Habsburgo españoles. Sin que esto socave su espíritu recio, el mercedario fustigó a los frailes vagabundos.
 Se enlaza con el monje Basilio, de Grecia, de probada presencia en tiempos de Ruiz de Pereda y con peso en la historia. 
 Y observado todo esto por «La Fuerza», fortaleza de cuatro caballeros construida según necesidades defensivas del Renacimiento.
 Una elegía a la contradicción: ¿entonces protege de ataques?, ¿era, lo que parece ser, sostén, fuerza moral de vecinos ante corsarios y piratas? Para «La sangre…» «La Fuerza» que mira al «Astar» al otro lado de la bahía es reservorio de incógnitas. No así de acopio de agua, de sus defectos a la hora de sostener un sitio. 
Un personaje de probada realidad histórica, el general de galeones Francisco Benegas, gobierna la Isla de 14 de agosto de 1620 a 18 de abril de 1624. Si bien en el argumento de la novela se hace referencia a él, no es un personaje que «viva» la trama principal. Es importante. 
En tiempos de Benegas acontecen tres cuestiones de grado en «La sangre…». Se incendia el barrio de Campeche, —extendía de calle Muralla en dirección Sur, hasta tocar el mar— el siniestro lame las puertas del monte que rodea la ciudad, se cobró víctimas, casas y secretos incómodos. 
Las fiebres de 1620 que enlutan familias de ricos y pobres, negros e indios. Y la muerte de Benegas enterrado en el convento de San Francisco. Esta inhumación lejos de ser sólo higiene social es otra arista en la trama. 
Benegas otorga testamento ante escribano, y el pliego se pierde para la ficción y los hechos históricos. ¿En manos de quién está el instrumento jurídico? ¿Qué saben los franciscanos en la actualidad, el presente de la novela, de este hecho? ¿Conservan el testamento?
 Y en ese caso, ¿qué contiene que sustenta la trama e incide en ella? Años antes de la llegada a la ciudad del gobernador Benegas, ocurre otro hecho. Lo considero el primer femicidio registrado en la historia de Cuba. Se llamaba María Cepero. 
Hija de don Francisco Cepero de los primeros conquistadores de la isla, muerto en 1548 en la llamada pacificación de los indios. Cayó María víctima de un disparo de arcabuz. Joven, rica, costeaba de su peculio una fiesta religiosa en la parroquial, a tenor de los jolgorios por la ascensión al trono de España de Felipe II. 
Era el año 1557. Doña Cepero se le aparece en espíritu a la rusa Pirka, —que se está presentando— personaje de ficción y dueña del «Astar» desde los primeros momentos en que la Pirka desembarca en La Habana. 
La muerte de María es otro de los misterios que envuelve esa Habana que duerme y despierta en sobresalto a la ribera izquierda de la bahía. Tiene incidencia en ese pasado que se cuenta, al que se va en una analepsis e incluso en flashback agónicos, colores azulosos y tonos oscuros, casi siempre noche y en momentos de tensión o de su presentimiento.
 Estos personajes, incluí en este diagrama sólo a uno de ficción, Pirka, atados a su medio como las raíces de los árboles que le rodean. Los metros de la ciudad, piedras de las fortalezas —aún no existía San Carlos de la Cabaña—, el murmullo del río Almendares, parte de su epidermis. 
La soberbia y prepotencia e indisciplina de la tropa, los han marcado para siempre. 
La inquisición con sus familiares, los delatores fanáticos y delatores por bajas pasiones humanas. Conventos, frailes dados a amancebarse, putos y putas, el negocio del rescate, —un contrabando fingido—, y la gente buena con ángeles y demonios revoloteando. Tanto, que sus quejas y miedos resuenan en los oídos con el ladrido de los perros de Mateo, personajes deliciosos —sí los canes—, que aúllan en las noches. Reciben aún con sus ladridos los galeones cargados de plata y toda la parafernalia comercial que llegaba incluso del Lejano Oriente.
 Pero ello se estremece, digamos que otra vez, y ese retorno falso porque nunca se ha ido, gira o revive. Se traslada con la lentitud de un viaje en galeón de Sevilla, o Cádiz en su momento o en el tornaviaje, al siglo XXI. Los asesinatos de mujeres del «Astar» —tratadas mal y estigmatizadas—, el prostíbulo en la elevación al otro lado de la bahía, el detonante visible. 
 Con una ingenua niebla marina de treta, pero suficiente, esconde pasiones y excesos tras la fachada barroca como casa de beatas y viudas sin montepío. 

Habana siglo XXI.

 La rusa Pirka nos conecta en este presente con soviéticos luego rusos. 
El substrato de marranos, término despectivo propio de la inquisición y el habla del poder, y mahometanos entonces ocultos, nos devuelven al presente dos realidades. El islamismo fanático y el judaísmo que defiende sus tierras, asentamientos y costumbres. 
El pasado vuelve porque nunca se ha ido. De hecho, el pasado es un conjunto de presentes que se mixturan en pasado. Se han vuelto presente para tornarse pasado y así en infinito. Pero en el presente de «La sangre…» parece que se ha decidido poner fin a esa cadena de renacimientos y desapariciones. Esto es lo que impulsa a los perseguidores del supuesto único problema. Por otro lado, poco ha cambiado La Habana, ahora envejecida con curas y afeites. Continúa la violencia, las fortalezas, el trazado de sus calles que parece detenido en el tiempo. Tiempo antes que Jacques de Sores incendia la villa de San Cristóbal el asentamiento acusaba una irregularidad en sus trazados.
 Para un poco más avanzado el XVI, las calles tomaron un determinado ancho y orientación Norte-Sur, Este-Oeste. Sucederá si uno mira el mar que se mete en la bahía e inclina un tanto la vita a la izquierda. Con La Fuerza al costado izquierdo se lleva la vista al mar y estás en el XVII que nos interesa. Sólo hay que hacer un tanto de sana abstracción para eliminar San Carlos de la Cabaña y edificar el «Astar». En plena Crisis de los Misiles, las primeras víctimas, una en ciernes que aparecerá asesinada años después y el padre, muerto fuera de la isla. Ella en los predios de La Fuerza, muy cerca, él en un lugar que le fue siempre desconocido tras un accidentado viaje en submarino nuclear. 
 Esto pareciera ser el comienzo.       

viernes, 1 de mayo de 2020

Mañana llegará

Si pienso que mañana llegará me doy ánimos. Con suerte el ánimo se convertirá en esperanza y la noche pandémica será un pésimo recuerdo.
En 《La sangre en la piel》, lo diré de una vez, un virus hace de las malas escondido con otras cuestiones más bien textuales que colocan al mundo p arriba caso de descubrirse, más bien reencontrarse. Todo lo que me tiene molesto es que lo había imaginado y escrito, en fase de terminación, antes de esta desdicha del maldito cornavirus. 
No tengo madera de brujo de tribu, prestidigitador o fabricante de bolas de cristal, así que me molestó.
Espero que haya sido pura coincidencia.
Espero más aún, que alguien la lea como lo que es verosímil, ficción de un señor que escribe porque considera que es lo mejor que sabe hacer.


sábado, 18 de abril de 2020

CORONAVIRUS, COVIC-19 Y EL CRIMEN DETENIDO

CORONAVIRUS, COVIC-19 Y EL CRIMEN DETENIDO

                          

En un instante detengo la escritura asfixiado de pandemias, presagios de prestidigitador. ¿Preví lo que pasa en el mundo, centímetros de mi choza? Si es así. novelar, riesgoso.

 

 

 

Detenida mi novela negra por este instante que se alarga. Asomar la cabeza a la ventana parece ser un riesgo. La soledad de mis sentidos se protege leyendo viejos libros no tan viejos, pero se despedazan en mis manos. La última palabra del capítulo que llevaba un ritmo amenazante se quedó en una grafía ininteligible.

Debo decir que por el momento la próxima víctima se ha salvado, vive un tiempo más aunque sea en un ambiente de enfermedad pandémica. Meter en mis sentidos la condenada imagen de que La Habana se parece a Venecia me pasa una factura que no puedo pagar. La peste roja matando a venecianos incluyendo a gondoleros viene a mí con el murmullo sigiloso del criminal.

Ergo, lo más aconsejable detener el trabajo. Si en «La sangre en la piel» y en «Viento negro» el crimen, el asesinato más bestial y demoledor de la aspiración humana de la felicidad, que incluye la extirpación de la violencia, está siempre en primer plano, ¡adiós! Sólo llegan a mis oídos muertes y carne podrida humedecida por el llanto de los deudos. El olor de la carne muerta es el valladar sin escape.  Aunque mis temores lo soplen lejos de la pieza en que mi mente comienza a consumir la droga del éxtasis retorna como los ciclones y la mala pata con pésima época.

Y lo más triste. Tanto «La sangre en la piel» como «Viento negro» tienen la pésima, más la primera, y despreciable condena de tratar con hijos de su buena madre que matan y otros más hijos de buenos padres que desde el poder manipulan, controlan y destripan a mansalva. A estos solo le importa, cierto que su abanico de hedonismo no se cierra aquí, mirarnos desde sus oficinas climatizadas. Otearnos por drones, satélites y terrazas de hoteles mientras la gente marcha aullando los signos que tanto les estremecen e incitan a llorar perlas de cocodrilo.

Basta. Mañana quizá continúe escribiendo porque me da miedo no hacerlo. Es el leitmotiv de mi vida descubierto infraganti. Este post no será más que recuerdo que consultaré y la continuación del capítulo detenido el impulso y tapadera de mi cinismo. Pero mañana está lejos aún, y al fin siempre me gustaron los cínicos. Y el tonel y los perros de Diógenes de Sinope, perro como yo.


lunes, 23 de marzo de 2020

SIN PALABRAS PARA NO TRASMITIR. PIENSO



En estos momentos de incertidumbre por el coronavirus pienso con temor en las personas que quiero en el recuerdo, la distancia y la más responsable cercanía.




 Cuando las estaciones marquen otro amanecer libre del asesino de las coronas podré pensar mejor. Pensar mejor me parece hoy actividad libre de contaminaciones pero invadida por la bilis negra, la melancolía que Aristóteles definió y detectó entre sus iguales.
Pienso en las mujeres que me amaron y yo amé sorprendido. En estado de hipnotismo sexual con olor a sudor y batallas campales en los lugares más inhóspitos de La Habana que hoy cae a pedazos. Pienso en cómo estarán sus descendencias y ascendencias. Quiero sin rogar porque no sé de rezos y soy un agnóstico perdido en la rebuscada filosofía, ¡y ruego! Por ellas, su ecosistema.
Pienso en los que se fueron a otras tierras en el barquito de papel de la canción. El barquito era un amigo fiel, te llevaba a navegar por el ancho mar. A veces naufraga y aún hoy naufraga aunque lo haya hecho 50 años antes. Y lo hizo luego en la 94, después, —la calle 94 de 12 meses cuadras—, y otro después en longitud y latitud de cementerio, y en el año de la Buena Pipa.
Pienso en los que no están en lo físico y de alguna manera están, y libres de cornadas se asustan en sus muertes violentas, por la obsolescencia de las células o por suicidio ante la maldita circunstancia de la frustración por todas partes.
Pienso y sigo pensando. En sus carnes que gocé a dentelladas, en las penetraciones en las camas de las posadas abarrotadas de piojos, chinches y mirones por los registros eléctricos. En sus bellos ojos ya hoy quizá algo avejentados. Pienso y quiero, deseo, mil veces deseo, mi única manera de rogar que vivan más siempre, que no se enfermen que miles de años no sean nada para ellas, que miles de coronas repugnantes no las maten, no las hagan sufrir.
Pienso en lo que bailamos con Roberto Carlos con su voz que no era de este mundo. Brotaba Robert Charles de las grabadoras de cinta que al calentarse expulsaban a las pobres cucarachas hambrientas. Un periodo antes del Especial donde el chícharo era identificado por nuestro paladar en las cosechas del hemisferio boreal cuando aún eran guisantes.
Pienso en ellas sin mí incluso parezco ahora un estorbo apolillado que puede contaminar algún recuerdo vívido. Pienso que quiero que existan para siempre por siempre eternamente siempre. Sin virus ni dolor ni llanto ni soledad ni hospitales ni funerarias con cajas de muertos que se rompen con el peso de la víctima.
Pienso que bailamos algunas y yo con el señor Christopher Cross, desnudos ellas y yo en algún lugar del Vedado o de Santiago de las Vegas. Para burlarme irreverente de algunos roqueros puros, así les llamé. No oían otra cosa que los lamentos del tenor Robert Plant en un Zepelín de Arquímedes.
Necesito hoy más que nunca mantenerlas vivas fuera de mis fracasos. Y dentro de una asepsia de anti animalito de coronas que parece una mina. Lo único que te mata la muerte es el recuerdo y por ello es tan salvaje, depredadora y democrática. El barquito de papel no aparece aquí sin rumbo. No es una sombra es un sueño, recuerdo matizado de esperanza como el cielo que logra un buen pintor.
Yo no quiero, ¡no quiero! que mi barquito de papel choque en el mar de los Sargazos con la mina marina. La foto exacta del perverso coronavirus otro ser de la existencia que lucha también por acabar con nosotros. Los virus, nosotros, según su observación, que nos hemos propuesto exterminar el síndrome de la felicidad. ¡No te hundas barquito de papel! ¡Huye de la mina marina coronada con detonadores que detectan la vida y la hacen pedazos irreconocibles!

viernes, 20 de marzo de 2020

VENECIA DE CUBA: HABANA VIEJA, SU PIEL DE SANGRE





El señor Hemingway escribió que Venecia era una ciudad extraña y engañosa y pasear por ella mejor que hacer crucigramas. El casco vetusto que se lava el rostro en la bahía otro tanto. 





Incluso tenemos un vaporetto y un canal. La Lanchita de Regla y el canal de la bahía de La Habana. Palomas que desaparecen a momentos sin las exigencias sanitarias de las autoridades venecianas y sí por rituales religiosos. Pero la semejanza en la asfixia, añeja en Venecia y en La Habana Vieja. Un personaje en mi thriller «La sangre en la piel», el inquisidor Valnes, no lo cree así.
De hecho la detesta, experimenta repulsión por La Habana del siglo XVII a donde arribó. Su deseo más perentorio, es un hombre de deseos tan ocultos como oscuros, es volver a su palazzo en Venecia. Obvio que renacentista y arroparse en su piano nobile. Es un hombre enfermo, muchas patologías que han protegido la peor de todas y necesita huir de la humedad. No posee piano nobile en La Habana y no se puede elevar sobre la humedad.
El leitmotiv de este thriller que no quise que se pareciera mucho al canon, —no mucho, nada más—, la búsqueda en un primer plano de intenciones, de un cuadro del pintor Velázquez. La idea de escribir sobre este artista genial en absoluto crítica o artística. Para ello están los trabajos de Ortega y Gasset que por cierto visitó La Habana, y de los que yo, entre otros expertos, bebí y bosquejé para hacerme una idea del sevillano.   El cuadro, una obra que forcé a quemarse en uno de los tantos incendios del Alcázar es secundaria. No ocupa más espacio que el simple resorte de la búsqueda, el olor del viejo óleo del siglo XVII con sepia incluida que siguen los rastreadores.
El asunto principal que no existe una sola pintura velazquiana. Y por ello, Velázquez tenía un falsificador, un maldito admirador que lo había conocido en una taberna en Sevilla cuando el genio estaba con un pie en el Alcázar y otro aún en el taller de su suegro Pacheco.
El cuadro que ha sido clonado como una muñeca rusa esconde alguna cosa, un algo que han perseguido y persiguen hombres poderosos. Agencias que se dedican a hacer de las suyas en este mundo ahogado de dilemas, guerras bacteriológicas desatadas por la ingente necesidad de dominio. Y más, el discurso retorcido de quienes dicen ser «buenos» y tener la receta de la felicidad.
Es esta Habana que descarga sus miserias humanas a través del Sifón al Mar poco azul en estos días, boca de la red del alcantarillado. No otra Habana. Sofocante a momentos casi siempre en asfixia, es el entablado del thriller. Como los sofocones son una manera de asesinar, la historia se traslada a ratos al exterior. Me aburre la unidad espacial y propenso incurable al aburrimiento muevo los escenarios. Puede sí que sea una «perturbación sociológica», me inclino a diagnosticarme pobre. Si tuviera dinero viajara. No en cruceros, no me caen bien. Me dan coronavirus. Un personaje que es asesinado en la novela los detesta. Tiene sus razones humanas y sensibles. Es una mujer. Y aparece en el pensamiento de un hombre poseído por la venganza y confundido. Por otra mujer.
No mencioné muñecas rusas de gratis, que no lo son, hay que pagar por ellas. Los rusos persiguen el Velázquez desde la Crisis de los Misiles. Al menos de una manera consciente con una estrategia elaborada. El propio argumento —palabra que expongo con reservas—es una muñeca rusa porque hay mujeres preciosas y porque el mecanismo desencadena una obsesión de profundidad.  
Desde el Sacco de Roma hasta las más posmodernas formas y maneras de despojo, asalto, asesinatos y engaños para alcanzar una cosa que significa poder. Y todo poder presume la desestabilización de la libertad de otros, de terceros poderosos o la posibilidad de evitar que una «señal» desate el fanatismo religioso. Esto es grosso modo «La sangre en la piel».
Puedes leer si así lo apeteces y te sientes con deseos de hacerlo un fragmento del inicio. El enlace a mi otro blog «La segunda navegación», te lleva a este comienzo.

HABANA DEL SIGLO XVII: ASESINATOS, VIDA Y TIERRA. PARTE V.

  Vanjercen el procurador.   El nacido en algún lugar de lo que es desde 1954 Reino de los Países Bajos, ha comenzado pesquisas antes de se...